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Afasia Nobular


Los ojos abiertos hacia el alma, cerrados hacia lo finito, abrí la ventana. Me posé tranquilamente en el suelo y vi pasar oraciones sin dirección con colores entorpecidos. Era un cuarto que se sentía diminuto pero ciertamente me sentí gigante, colosal no sé si por las ideas, no se si por el umbral. No pude hablar, el silencio me definía mejor ahora, el miedo latente de estropear la sinceridad. Siempre pensé que no había espejo mas claro y abrumador que el que permite verte sin ruido ni distracción, tú solamente, acompañado fielmente por las verdades que no te atreves a confesar al hablar. Entonces te asomaste, hace tiempo que no lo hacías, casi ya se te extrañaba. No me hablaste tampoco, solo te metiste delicadamente en el cuarto sin ensuciar mi ventana, y no necesitabas sonreír  ya lo hacías con la mirada. Te echaste calladito al lado mio, tratabas tal vez de no romper la eufonía. Tú eras el único que podía saber cuanto me había costado construir esta frágil fortaleza de calma y paz, compartías mas de una lucha en poner pieza por pieza esta estructura, pero aquella vez nos falló. Aquella vez me quede sin cimientos y tu te quedaste sin construcción. Y todo llovió indeciso hacia todos los lugares y nos explotó en la cara para hacernos acordar que eramos frágiles y que no nos pertenecía este tiempo y tal vez jamás la coincidencia. Pero no te importaba eso ahora, simplemente me miraste como si me hablaras con algún lenguaje ocular que sabias que yo comprendía también. Tal vez entendí “mira hacia arriba” sin querer. Y el cielo de mi cuarto ya no era tan pequeño, parecía estar en un amanecer estancado, en un sol naciente perpetuo. Dibujaste con el dedo cosas sin sentido en el aire, cosas que yo entendía y que me habían hecho reír ya antes, entonces reí sin poder parar y tú sonreíste sin poder escapar de este sueño, de mi realidad.







Y si vamos a destruir la inercia, que sea a risas.

Silencier vie

Noche blanca entre azúcares de verano. Cristales rotos en su mano y mirada brillosa al azar. Se había subido de prisa al carro, la lluvia no tardaría en volver, las ganas congeladas y el vacío fiel de preguntas inertes, respuestas de sal. Ya había pasado por esto antes, ya conocía este andar. Pero ¿Qué era ese calcinante incienso interno con olor a girasoles y Balzac? ¿Era acaso un abrazo oculto de su voz? Era ciertamente ella misma, con suerte al adiós y escritura por pulsión.


Infinitamente quizás.